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Redacción

"La criminalidad es un problema de salud pública en los Estados Unidos, donde hay un gasto de 2,4 billones de dólares anuales. La maldad tiene causas genéticas y epidemiológicas, pero todavía desconocemos cómo esta bioquímica se transforma en comportamiento antisocial", declaró Joshua W. Buckholtz, profesor del Departamento de Psicología de la Universidad de Harvard, en las jornadas de B·Debate Neuroethics: from Lab to Law. A Scientific Scrutiny of Sociability, Responsibility and Criminality celebradas en el CosmoCaixa Barcelona los días 12 y 13 de noviembre.

Buckholtz es uno de los 17 expertos nacionales e internacionales que han discutido sobre los últimos avances en neuroética, una disciplina que combina la ética de la neurobiología y los aspectos neurobiológicos del comportamiento ético. La primera sesión de las jornadas se ha centrado en la psicopatía y el comportamiento antisocial, la percepción de la justicia y la criminalidad, y el conocimiento actual sobre las causas genéticas y ambientales que predisponen a conductas criminales. Uno de los elementos que ha generado más debate es el papel que juega el gen MAOA (a menudo llamado el gen guerrero) responsable de la degradación de la dopamina, un neutotransmisor a menudo asociado a la agresividad.

Joshua W. Buckholtz: "La maldad tiene causas genéticas y epidemiológicas, pero todavía desconocemos cómo esta bioquímica se transforma en comportamiento antisocial"

"Los psicópatas distinguen el bien del mal, pero no les importa", dijo Adolf Tobeña, director del Departamento de Psiquiatría y Medicina Legal de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y líder científico de las jornadas junto con Òscar Vilarroya, director de la cátedra "el cervell social" de la UAB. En su charla, el doctor Tobeña mostró varios ejemplos de cómo las personas modificamos nuestro comportamiento ético en función de las normas que nos rodean. Cuando las normas no están bien establecidas, la gente tiende a comportarse peor y a saltarse las mismas. También se ha observado que los valores cambian en casos clínicos en los que por un traumatismo, un tumor o una malformación congénita se ha modificado la morfología del cerebro.

Molly Crockett, que investiga en la Universidad de Cambridge (Reino Unido) como cambios en tiempo real de la química neuronal tienen efectos directos sobre los comportamientos sociales y morales explicó que "la serotonina modula el juicio moral y el comportamiento social. El mismo neurotransmisor también parece promover la aversión a la maldad y la preferencia por las represalias". Crockett ha probado que determinadas sustancias como la atomoxetina y el citalopram pueden disminuir la cantidad de serotonina en el cerebro y provocar una relajación en el juicio moral, de modo que lo que en circunstancias normales un individuo consideraría inaceptable lo asume como moralmente correcto bajo los efectos de estas drogas.

Durante la segunda sesión de las jornadas se trató la convergencia de los avances en neurociencia y la legislación de actos criminales y la necesidad de colaboración entre las dos disciplinas. El debate planteó dilemas como el de juzgar un crimen cometido por un psicópata, la razón de ser del terrorismo suicida y otras problemáticas que preocupan a la neurociencia actual. El avance de las técnicas en neurobiología está aportando nuevas perspectivas en el estudio de los mecanismos cognitivos del pensamiento religioso o la cooperación humana. Por tanto, este conocimiento aporta nuevos enfoques a disciplinas tan diversas como la psiquiatría, la psicología evolutiva, la antropología o el derecho penal.

En este sentido, Scott Atran, profesor de investigación de la Universidad de Michigan y director del Centro Nacional para la Investigación Científica de París, dijo que "no hay un perfil concreto de terrorista suicida, el motivo es azaroso. Es importante que la escuela ofrezca sueños y héroes alternativos a los más jóvenes. Sabemos mucho sobre la toma decisiones en el contexto económico, pero poco del comportamiento motivado por la moral".

Partiendo de la base de que "no hay ninguna cultura humana sin expresión religiosa", según Sabela Fondevila, investigadora de la Universidad Complutense de Madrid-Instituto de Salud Carlos III, desde estos centros están intentando encontrar los mecanismos cognitivos en la evolución del pensamiento religioso.

En las siguientes crónicas encontrarás las declaraciones más destacadas de los ponentes:

Tras las jornadas científicas se celebró el debate abierto Neuroética: descifrando las raíces del bien y del mal donde el público pudo debatir con los expertos en torno a temas como los aspectos clínicos de la maldad humana o las raíces sociológicas y culturales del terrorismo suicida de grupos como Al Qaeda.

También puedes seguir las jornadas en el perfil de Twitter de B·Debate (@bdebate) y con los temas de conversación #NeuroethicsBCN y #bdebate

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