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Ana Maiques

Cofundadora de Starlab


Ana Maiques cofundó en el año 2000 junto a su marido, el físico Giulio Ruffini, Starlab, una empresa que investiga en neurociencia. Su 'spin off' Neuroelectrics, creada para comercializar productos altamente tecnológicos como los gorros de lectura y estimulación cerebral Enobio y Starstim, obtiene ya el 50% de su facturación de Europa y el 35% de Estados Unidos, donde tienen una delegación y colaboran con centros de primer orden mundial como el MIT.  


Dice el mito que las grandes empresas tecnológicas han nacido de una idea desarrollada en un garaje. La compañía catalana Starlab -y su spin off Neuroelectrics- se ha hecho grande, en cambio, en edificios históricos como el Observatorio Fabra, donde tuvieron su primera sede. Ahora, ya instalados en la tercera porque no paran de crecer, suman éxitos de transferencia al mercado de sus tecnologías de lectura y estimulación cerebral inalámbrica. El equilibrado matrimonio formado por Ana Maiques y Giulio Ruffini capitanea a estos pioneros en neurociencia, que cuentan con el apoyo de referentes como el Institut Guttman, Harvard o el Boston Children's Hospital para conseguir tratar de forma no invasiva enfermedades del sistema nervioso central. 

¿Con qué objetivo creasteis Starlab?

Starlab empezó hace catorce años de la mano de una empresa belga que nos contactó. Cuando quebró, nos hicimos con la filial española y empezamos a trabajar desde el Observatorio Fabra en 2000 para hacer buena ciencia y transformarla en productos y servicios en el mercado, primero investigando en aeroespacial y en neurociencia.

¿Por qué teníais tan claro que queríais transferir la investigación al mercado?

Nosotros queríamos tener un impacto social, hacer un bien y solucionar problemas. Nuestra forma de hacerlo era la ciencia, de la que somos apasionados, y yo aporté la parte comercial, mientras Giulio es físico y  matemático. Creamos la empresa para tener un impacto positivo, cambiar el mundo. Pero es muy difícil cubrir toda la cadena. Llevamos ahora 14 años, un periodo muy largo porque ser excelente en todo, en investigar, transferir y comercializar es un proceso de aprendizaje que lleva mucho tiempo y es complicado. Es difícil que en una sola organización tengas todas las capacidades para ir de la ciencia al mercado.

¿Entonces cuál es la clave de vuestro éxito?

Desde el principio teníamos la visión de que iba a llevar tiempo, pero encontramos un modelo de negocio que nos permitía aguantar los años que hacen falta para desarrollar la tecnología hasta que estuviese madura para llevarla al mercado. Siempre digo que los emprendedores deben tener visión, pasión –porque si te crees lo que haces te ayuda a aguantar las dificultades- y, sobre todo, ejecución, es decir, la capacidad de sostener un esfuerzo de investigación hasta que se puede transferir. En la ejecución ha estado el secreto. Pero también en sabernos adaptar y pivotar para ir cambiando la forma cómo conseguir el objetivo en función de lo que pasaba en el entorno. Y la clave ha sido ser muy internacional, vender en el extranjero y estar abiertos al mundo.

En estos años, ¿qué habéis comercializado?

Tras doce años de investigación en neurociencia habíamos desarrollado dos tecnologías que hemos sacado al mercado porque estaban maduras. Enobio es un gorro con hasta 32 electrodos no invasivos que recogen tu electroencefalograma, lo que puede servir como herramienta de diagnóstico en pacientes de epilepsia o desórdenes del sueño, mientras Starstim es capaz no sólo de leer sino también de tratar. Los electrodos inyectan corrientes de bajo voltaje que prácticamente ni notas y que excitan o inhiben la actividad cerebral. Por ejemplo, en el caso de un ictus que afecta a la movilidad, excitaría tu zona motora para una recuperación más rápida. Es bonito porque ya tenemos proyectos combinando ambas capacidades para diagnosticar, por ejemplo, que viene una crisis epiléptica con Enobio y tratarla con Starstim.

¿Quiénes son los clientes de estos dispositivos?

En Europa tenemos certificado el uso clínico en hospitales, donde destaca por ejemplo el caso del Instituto Guttmann para pacientes con lesiones medulares. Allí lo usamos para gestionar el dolor neuropático. Mientras Starstim es una herramienta de terapia contra la depresión que ya usan psiquiatras en Francia. Pero los clientes son  también centros de investigación y universidades de más de 35 países. Gente procedente del MIT o el Media Lab lo usa para estudios clínicos, para entender cómo funciona el cerebro humano. 

¿A qué obstáculos os habéis enfrentado?

En Estados Unidos hay una barrera de entrada enorme para el sector clínico, que impone la FDA, una institución muy exigente. En Taiwan y China también ha costado, porque cada país tiene su regulación. Trabajar en este sector tiene muchas dificultades administrativas. 

¿Trabajar también para el sector aeroespacial os ha ayudado a capear estos momentos más complicados?

Tener dos áreas de investigación nos ha ayudado en el proceso de desarrollo de la tecnología. Poder desarrollarla para un gran cliente como la Agencia Espacial Europea nos ha ayudado mucho a hacer I+D, pero al entrar en etapa comercial es más una cuestión de entender dónde puedes vender ya y dónde tienes que esperar.

¿Cuáles son los próximos pasos de la compañía?

La misión es que nuestra tecnología se use masivamente: trabajamos con los primeros doctores y queremos que se convierta en un tratamiento domiciliario, algo que ya está empezando a pasar. Ahora se están realizando los primeros estudios de tratamiento en casa en Estados Unidos y Europa. 

Apostáis por la telemedicina.

La telemedicina tiene sentido especialmente en algunas patologías. No es la solución para todo pero los lesionados medulares tienen grandes problemas para desplazarse a los centros, es una odisea para ellos. En otros casos, como en la epilepsia, las crisis no suceden cuando estás visitas al médico sino en cualquier momento, así que también tiene sentido. Pero no, no es para todos ni para todo.  

¿Los clientes seguirían siendo los hospitales?

No tenemos intención de responder a solicitudes privadas. Son sistemas médicos que se usan con prescripción de un doctor en las sesiones que él considere. Nos escriben pacientes para comprarlo y decimos que no. Poco a poco, la comunidad médica también habla más de la estimulación cerebral no invasiva así que aumenta el nivel de conocimiento. Pero la introducción de terapias nuevas en el mundo médico siempre es lenta.

¿Ha hecho falta pedagogía? 

Ya hemos hecho lo más difícil: conectar con los líderes de opinión para varias patologías. La pedagogía que hemos hecho ha sido para convencerles de que nuestra tecnología es la mejor que existe en el mercado.

¿Cuáles son los resultados del tratamiento?

Donde hay más eficacia es en dolor, ictus y depresión. En otras dolencias como algunas enfermedades neurodegenerativas todavía no se sabe si funciona o no. Falta evidencia pero eso cambia con rapidez porque la investigación se mueve rápido. Además trabajamos con los mejores: el Institut Guttman, el Boston Children's Hospital o Harvard, cuyos estudios son rigurosos y crean opinión cuando publican. 

Además acabáis de daros a conocer masivamente con un experimento de telepatía, de conexión de dos cerebros a 7.800 kilómetros de distancia.

Carles Grau, Álvaro Pascual-Leone y Giulio Ruffini han participado en este 'paper' que ha sido el noveno más citado de 2014. El experimento en sí no fue tan revolucionario pero fue la primera vez que se comunicaron dos cerebros muy distantes sin información sensorial: sin voz, sin vista, sin nada. Una de las personas estaba en la India con Enobio puesto pensando de una manera y otra estaba en Estrasburgo, recibiendo estimulación. Éste último veía luces en función de lo que la otra persona pensaba y las recibía como si fuera un código binario que sirvió para transmitir dos palabras: hola y 'ciao'.

¿Qué queríais conseguir?

Al margen de la anécdota de haber sido capaces de comunicar dos cerebros, el 'paper' enseña, más que su aplicación telepática, la capacidad de esta tecnología de leer e interaccionar con el cerebro. No nos imaginamos que a corto plazo pueda servir como una forma de comunicación sino que lo aplicamos al diagnóstico de enfermedades. Ha sido una manera muy llamativa de demostrar un desarrollo tecnológico. Podríamos haberlo demostrado desde un tema médico y, en cambio, hemos optado por un tema más mundano que ha llegado a mucha más gente.

¿Qué podemos esperar de Starlab y Neuroelectrics?

Neuroelectrics puede convertirse en una compañía líder mundial en diagnóstico y tratamiento de desórdenes cerebrales o enfermedades relacionadas con el sistema nervioso central. Y Starlab puede seguir siendo un referente en la investigación en neurociencia y en desarrollar nuevas tecnologías.

¿Qué es lo último en lo que estáis trabajando?

Acabamos de ganar un proyecto de la Michael J. Fox Foundation que se basa en analizar bases de datos de electroencefalogramas para buscar marcadores precoces de enfermedades como el Parkinson. Puede ser que yo te ponga un casco un día y sea capaz de predecir si lo vas a padecer, como sucede con la sangre.

¿Cuál es el principal sueño que tenéis ahora?

El cerebro es un gran desconocido y no acabamos de entender cómo funciona. Me imagino, aunque no sé en qué marco de tiempo, que nuestras tecnologías podrían usarse masivamente como un marcador de tu salud mental. Me gustaría pensar que la monitorización eléctrica cerebral se pueda convertir en algo como cuando ahora te tomas la tensión o te haces un examen rutinario. Creo que puede acabar pasando. 

¿El sistema de salud podría permitírselo?

Es una tecnología susceptible de ser reducida en coste según el volumen en el que se tenga que producir. El coste no será un impedimento, sino que el problema más grave son los datos: qué inteligencia sacar de ellos y para qué van a servir. Es lo que queda por investigar: en qué patologías y qué casos serán útiles esos datos cerebrales. A lo mejor es un examen rutinario que te tienes que hacer a partir de los 50 ó 60 años para monitorizar tu progreso cognitivo. No sé en qué margen de edad ni para qué personas se puede convertir en una técnica masiva. Lo dirá la ciencia. Preguntamos y buscamos respuestas en los datos. Estas tecnologías quizá pueden prevenir la pérdida de memoria o las capacidades cognitivas asociadas a enfermedades como el Alzheimer.

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